La era de la cientificocracia

Opinión Por Matías Dassetto
Alberto Alfosin
Alberto Alfosin

El discurso de Alberto Fernández en la apertura de sesiones del Congreso se deslizó por diversos matices en términos de definiciones. Algunas de ellas más concretas, que sintetizan y definen el rumbo, no solo de su gestión, sino también de un posicionamiento ideológico; otras más difusas, cuyanitidez -y coherencia- se develará con el devenir del tiempo y la gestión.

Dentro de las definiciones más concretas se encuentra autopercepción de ser “un gobierno de científicos” contraponiéndose, según sus palabras, al gobierno de CEO’s que caracterizó a la composición del gabinete de Macri.

Sin duda, esto tiene variadas interpretaciones, pero más allá de las intenciones que esconde esta frase, entre sus líneas se desprende un posicionamiento con respecto a la relevancia que ocupa la ciencia y el desarrollo científico-técnico que, visto desde la teoría, caracterizaría al gobierno de Fernández. En términos concretos, existe un axioma que el presidente Fernández pareciera entender mejor, y que el gobierno de Macri, al menos como mínimo, no comprendió: Ciencia y Estado van de la mano.

Históricamente el desarrollo científico y técnico estuvo orientado y direccionado según las necesidades del Estado. Incluso dentro de la trayectoria de los países definidos liberales o pro mercado, el sector público ha intervenido con altos niveles de inversión en la investigación, la ciencia y el desarrollo tecnológic.

Actualmente los países más desarrollados como Israel, Japón, Corea del Sur, Alemania, China y Estados Unidos, invierten entre 3% y el 4,5% de su PBI en proyectos de I+D como parte de una estrategia superior en la búsqueda del desarrollo económico.

“Existe un axioma que el
presidente Fernández
pareciera entender mejor, y
que el gobierno de Macri no
comprendió: Ciencia y Estado
van de la mano

Según los resultados obtenidos por numeras instituciones internacionales destinadas al seguimiento de la inversión en ciencia y tecnología, en el mundo existen tres clases de países: “los rezagados”, cuyos Estados invierten pequeñas fracciones de su PBI en ciencia e investigación, y a su vez dichos porcentajes van en disminución; los “países desarrollados”, cuyos porcentaje de PBI implica fracciones mayores y va en aumento; y por último, los “países que se encuentran apostando al desarrollo”, que si bien su capacidad
de inversión es menor, se observa un incremento anual de sus inversiones.

Argentina apenas alcanza el 0,5% de su PBI destinado a la ciencia y la tecnología, encontrándose dentro del ranking mundial como los “países rezagados”.

A su vez, existen numerosos trabajos de investigación del ámbito académico que demuestran cómo en los últimos años se ha conducido al desfinanciamiento de organismos como el Ministerio de Ciencia y Tecnología, el Conicet, la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica, la disminución de personal, salarios y fondos
destinados a becas de investigación. Esta caída incluye el último año de lagestión de Cristina Fernández, y los
cuatro de Mauricio Macri. Los niveles de inversión han caído tan estrepitosamente que se calcula que en 2018 estos llegaron a mínimos históricos.

Dejando de lado por un momento los datos fácticos, existe por detrás de ellos, una discusión conceptual e ideológica. Claramente, en el siglo XXI, el desarrollo en científico-técnico orientado a la producción es la clave para el desarrollo económico, y sobre esto pareciera haber un consenso generalizado en los ámbitos científicos, político y social. Sin embargo, existe una gran discordia de cómo y desde donde se debe impulsar el desarrollo científico. Pensar que los procesos de investigación se dan eficientemente desde el sector privado basados en sus propósitos, y que la intervención estatal copta la iniciativa, creatividad y eficiencia del proceso, no solamente es errado, sino que es fabulesco, ya que en la historia moderna no existe país desarrollado que haya dejado librado al albedrio del mercado y del sector privado las inversiones y el desarrollo de conocimiento y
tecnología.

El desarrollo científico-técnico orientado a la producción se convierte así en el siglo XXI como el punto de partida para el desarrollo y crecimiento económico, sobre el cual se solucionarían muchos de los problema  estructurales de la argentina: pobreza, desempleo, inflación, altos niveles de endeudamiento, etc. }

La autopercepción de Fernández como “gobierno de científicos” sería una definición que debería cortar con la tradición de los últimos años de desfinanciamiento de los organismos y espacios dedicados al desarrollo  científico y de concomimiento. Nos hace falta saber ahora si sobre las definiciones claras que esgrimió en su discurso de apertura de sesiones, el paso del tiempo y de gestión, las convierten en coherentes.

*Matías Dassetto se desempeña como director del CEDMA  (Centro de estudios de Desarrollo Macroeconómico) en la ciudad de Paraná, Entre Ríos.

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